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Ni siquiera sé si merecías esta historia

Chisco Santibáñez Pérez

 

A Franz y Otto; mis padres; mi hermana y Emilia.

A Manolo.

 

LA HISTORIA FALLIDA

 

1

Decido enviarle estos correos electrónicos en un nuevo estancamiento de nuestra relación a mediados de abril de 2021.

Solo quiero que los lea. Porque son mi trampa. Aunque tampoco sé quién de los dos caerá en ella.

 

ASUNTO: Sí, aquí

 

Querida Penélope:

                                                                       

Tengo tanto que compartir contigo que no sé por dónde empezar.

Si quisiera llamar la atención de un lector anónimo, sin duda, lo haría ahora con el beso.

Porque con solo narrarlo como lo recuerdo, estoy convencido de que se engancharía de inmediato a esta historia.

Sí, aquí, en las primeras líneas, que son las que leen antes de comprar cualquier libro quienes deambulan por la planta baja de El Corte Inglés o quienes hacen tiempo en una tienda de aeropuerto para embarcar hacia una nueva vida.

Pero ya llegaremos al beso.

No hacía mucho que había terminado una relación que surgió en un aula de universidad.

Nos presentó una conocida.

Desde el primer instante me impactó tu físico. Pero, sobre todo, la energía que transmitías y cómo reías.

En cuanto conseguí que me dijeras tu nombre completo, te busqué en Facebook.

¡Zas!

Seguías riendo. Y me pegué tanto a ti que derramé todo el líquido de mi vaso sobre tu cuerpo en uno de tus imprevistos movimientos.

Fue en una terraza de verano. En una ciudad con mar. Pero ni yo soy Joaquín Sabina ni desnudos nos encontró la luna.

 

2

Releo el texto. Busco su dirección de correo electrónico. Copio. Pego. Envío.

Ya no hay vuelta atrás, pienso. Me siento aliviado.

Apago el portátil.

Voy a la cocina y preparo el desayuno. Dos tostadas de pan con aceite de oliva de Segorbe, tomate natural recién rallado y una pizca de sal.

No acostumbro a tomar café ni zumo. Pero, por si acaso, dispongo un vaso con agua fría en la bandeja que me sirve para llevar todo a la mesa.

Entra el sol de la mañana por la ventana. No tengo prisa, es domingo.

El teléfono móvil me avisa acústicamente de que he recibido un nuevo correo electrónico. Cierro el periódico y abro la ventana de Gmail esperando que sea Penélope confirmando que ha recibido el mío. Que me quiere. Que se siente la mujer más dichosa del mundo por haberme conocido. Y que lo deja todo por mí.

Pero la notificación es de Orange. Me remite el último informe de mis llamadas mensuales. Se adjunta la correspondiente factura. 79,65 euros, IVA incluido.

 

ASUNTO: Miércoles

Amada Penélope:

 

Hay besos que han hecho historia.

Algunos se han convertido en iconos del cine, teatro, pintura, escultura, literatura y música. Otros incluso han sido utilizados como propaganda política. Como el del marino y la enfermera.

Del nuestro han pasado algo más de diez años y aquí no habría historia sin ese beso.

Hoy es miércoles. Después de más de siete años, habría sido el día en el que de nuevo hubiera podido tenerte cara a cara.

Te abrazo. Te escucho. Te cuento cualquier anécdota de mi mañana. Busco luz en tus ojos. Observo tus estilosos y hábiles dedos. Recorro con la mirada tu cuerpo perfecto. Te llevo a la risa. Te digo una y otra vez eso que ya sabes. Miras la hora.

Llegará la noche y terminará siendo un miércoles cualquiera. Pero cerraré los ojos e imaginaré que te tengo frente a mí.

Consigo hacerle trampas a tu reloj.

Nos amamos. Sin miedo ni recato.

 

3

Enciendo las luces de la sala y el ordenador, valido mi credencial y abro el primer expediente del día. Reviso durante unos minutos la agenda. Le recuerdo a Cecilia, mi secretaria, que mañana martes necesito varios documentos para mi reunión semanal con la alcaldesa de la ciudad. Me contesta que los tendré con antelación. Es eficiente, por lo que dejo de pensar en ellos.

Toda mi experiencia profesional se ha desarrollado en este Ayuntamiento, aun cuando me han ofrecido durante los últimos años dirigir clases en universidades privadas, preparar oposiciones para terceros e, incluso, incorporarme a un despacho de abogados.

Pero a pesar de que profesionalmente me siento estancado, tengo otras prioridades al pluriempleo. Una de ellas, disfrutar de mis hijos. Máxime después de mi divorcio con su madre, Rocío, que resolvimos de mutuo acuerdo con el establecimiento de la custodia compartida.

 

ASUNTO: Maldita tecnología

 

Adorable Penélope:

 

Si fuera hombre agradecido como Dios manda, rezaría por Mark Zuckerberg. Porque sin Facebook no habría habido beso. O sí. Porque antes de Internet la gente también se gustaba. Se amaba. Se ignoraba. Se dejaba.

Si te hubiera conocido cincuenta años antes, aquella noche de estío tú habrías estado sentada en alguna silla de hierro y madera esperando a que alguien te llevara a la pista de baile.

Yo, que poseo los pies menos acompasados del universo, me habría armado de valor, te habría sacado a bailar y en ese momento ya me habría dado cuenta de que en tus brazos es donde querría estar el resto de mis días.

Vale.

Hoy se sigue bailando. Pero muchas primeras miradas han sido sustituidas por calculadas secuencias de previos «me gusta» en un mundo de seducción en el que cada vez quedan menos trapecistas sin red como yo.

Y en estos tiempos del mismo amor en nuevo envase de formato ahorro, el fundador de Facebook es dueño y señor también de WhatsApp, que se ha convertido en el discreto filamento que a ti me une.

Aun así, sigo negándome a rezar por él.

El motivo es simple. Te escribo mensajes a través de WhatsApp. Muchos de ellos no me los contestas y me convenzo de que actúas de esta manera porque no te llegan correctamente.

Algunas veces me enfado y otras me pongo triste.

Maldita tecnología.

 

4

Aunque yo ya era consciente entonces del estado terminal de nuestra relación, fue ella quien tomó la definitiva decisión.

22 de junio de 2020.

Íbamos a una reunión.

Llevaba días intentando tener una conversación con Rocío mediante la que pretendía encontrar un revulsivo para nuestro inerte matrimonio. Pero cualquier propósito era en vano.

Aquella tarde sonaba en el coche una canción de Luis Eduardo Aute cuando me dijo que al día siguiente se iba de casa. Que ya tenía un piso alquilado en nuestro mismo barrio para hacer el traslado.

Hubo pocas preguntas. Sí algún que otro cruce de reproches. Pero en tiempo récord firmamos el convenio regulador del divorcio e iniciamos una vida por separado.

 

ASUNTO: El vacío de tu ausencia

 

Admirada Penélope:

 

Aunque la noche en la que nos presentaron te impregnara de una insoportable esencia de vodca con limón, a las pocas horas ya empezamos a intercambiarnos mensajes.

No tardaríamos mucho en volver a vernos.

Si la memoria no me traiciona, la primera vez estábamos solos tú y yo. Cenamos. Hubo risas, miradas y ganas de saber el uno del otro.

Me dejaste en la puerta de mi casa y, mientras tu coche se alejaba, aprendí a sentir el gran vacío de tu ausencia.

Semanas después quedamos acompañados. Y esa misma tarde de luces intermitentes, música pegadiza y olor a algodón de azúcar, comenzamos a organizar una fiesta navideña que terminaría marcada en nuestra historia como «la del beso».

 

5

Han pasado meses desde el divorcio y todavía no me acostumbro al silencio del nido semivacío. Tampoco al orden de mi casa de soltero. Tanto que en ocasiones incluso dejo los Lego y los Playmobil en el suelo a propósito, con falsa apariencia de caos infantil, los días en que los niños no están conmigo. Y enciendo a ratos la televisión con Bob Esponja y compañía.

En junio de 2020 solo quise tomar, al pie del camión de la mudanza de Rocío, una decisión. Iniciar terapia con una psicóloga que, después de sesiones de tan aliviadora como dolorosa introspección, me propuso, entre otras cosas, recuperar aficiones para tejer mecanismos de fuga, comprensión y recomposición emocional.

Ya en casa, viendo por enésima vez una película protagonizada por Gregory Peck y Deborah Kerr, conecté la terapéutica sugerencia con aquel viejo sueño de ser escritor.

 

ASUNTO: La noche B

 

Cara Penélope:

 

Mes de diciembre. Nueve de la noche, aproximadamente.

Suena el timbre. Mis amigos y yo nos miramos. Ya están aquí.

Soy el anfitrión.

Llevo días preparando la velada. Incluso he pedido un anticipo a los Reyes Magos para renovar mantelería y cristalería, así como para comprar otros detalles.

No he dejado nada al azar. Salvo a ti, para que te sientas cómoda.

Empezamos como empiezan estas cosas. Música, risas y pregunta trampa.

¿Quién quiere tomar algo?, alzo la voz.

No he hecho un combinado en mi vida, pero me las doy de experto barman. Nos seguimos el juego. Tanto que no doy abasto con las preparaciones y termino descontrolando las medidas de jugos y bebidas alcohólicas.

Resuelvo una llamada inoportuna. Vuelvo. Servimos la cena.

El menú está compuesto por siete entrantes, plato principal y postre.

Hablamos de muchas cosas en la mesa. Estás a mi lado.

Después del brindis de rigor, reiniciamos la fiesta. En uno de sus altibajos desapareces. Pregunto por ti. Te busco y te encuentro recostada en mi despacho.

Está oscuro.

Por primera vez en mucho tiempo estamos solos. Te beso. Mordisqueo tus labios. Mis manos se dirigen a tus firmes pechos. Llegan y se quedan. Continúas en mi boca.

Pasados unos minutos te levantas. Te sientas en el suelo junto a la puerta de salida al patio. Voy a ti. Me dices algo así como que no sé lo que estoy haciendo. Y tanto que sí, pienso. Nos miramos. Retomamos el mismo beso.

Transcurren los años y descubrimos que necesitamos volver a esos momentos felices que grabamos para siempre en nuestra línea cronológica de vida.

Por eso a veces me siento en ese incómodo banco en el que te encontré recostada aquella noche, recreo con sumo detalle el beso y tengo la certeza de que solo fue el primero.

 

6

Acumulo pocas cosas personales. Aunque estoy obsesionado con comprar cuadernos de todo tipo.

Aquella noche, nada más terminar de ver Días sin vida con Gregory Peck interpretando a un agónico F. Scott Fitzgerald, voy al cajón del salón en el que los guardo perfectamente clasificados por tamaños, tipos de papel y colores.

Elijo un Moleskine de tapa negra con 240 páginas en formato de hoja cuadriculada.

Lo abro. Pongo la fecha, 11 de mayo de 2021, y escribo con mi meisterstück de Montblanc: «Novela curativa. Todavía sin título».

Dejo un espacio y continúo: «Ideas».

A los pocos minutos me decido por convertir en libro las cartas que estoy enviando a Penélope.

 

ASUNTO: Algo contigo

 

Idolatrada Penélope:

 

Nunca he sido devoto de los roscones. Pero para la tarde del 5 de enero de aquel ya lejano recién estrenado año, encargué uno en la mejor pastelería de la ciudad con la finalidad de que nos lo comiéramos juntos.

Habían pasado pocos días de ese beso tuyo que encontré como quien encuentra algo muy apreciado cuando ya no está buscándolo. Serendipia, dicen que se llama.

No viniste.

Es cierto que, a pesar de que estuve esperándote con lágrimas en los ojos, no te habías comprometido a pasar esa tarde de Reyes conmigo. De hecho, desde que volviste a tu casa después de aquella fiesta navideña, me había resultado prácticamente imposible hablar contigo. Pero tenía que intentarlo. Necesitaba descubrir más de ti y era la ocasión perfecta.

Así, con aquella cita frustrada, empezaba un periodo de dos o tres años muy duros para mí, en el que ya no hubo acercamiento sin posterior distanciamiento por tu parte y que culminaría en tu boda. Que no fue conmigo.

No obstante, guardo momentos inolvidables de aquellos meses. Como nuestra cena a dos en ese restaurante en el que sonó en directo la canción que desde entonces abre la banda sonora de nuestra historia de amor.

Y creo que fue esa misma noche, de vuelta al aparcamiento, cuando te regalé un ejemplar de Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda. ¿Todavía lo conservas?

Escribo hoy estos agridulces recuerdos. Y mientras escucho de nuevo esos versos con los que vuelvo a desear tus labios de una manera loca, veo nuestra mesa en aquel restaurante al que se accede por una discreta callejuela. La anónima vocalista interpreta una versión aflamencada de Rosario Flores. Te miro. Me sonríes. Sí, otra vez me sonríes.

Y a pesar de los años transcurridos, con tantas y tantas experiencias que he vivido, sigo queriendo tener algo contigo.

 

7

En el verano previo al inicio de mi formación universitaria, escribí mi primer y último relato de edad adolescente.

Pasé horas y horas delante del ordenador para dar vida a sus personajes sin planificación literaria, porque hacía poco alguien me había hablado de la escritura automática. Tuve novia y me enamoré obsesivamente de otra para intentar cruzar ese límite emocional que te lleva a la concatenación de atormentadoras palabras. Cerrada la previa etapa de tangos, escuché boleros interpretados por Antonio Machín, Armando Manzanero y Los Panchos. Manoseé mi diccionario de sinónimos y antónimos en aquella época en la que todavía no tenía conexión habitual a Internet. Leía en voz alta lo que creaba para comprobar si la composición se mostraba armoniosa al oído. Descubrí las cargas y excitaciones de la autoficción. Reproduje una y otra vez el último disco de Joaquín Sabina buscando inspiración en sus letras canallescas. Durante algunas sesiones incluso combiné ebriedad con redacción. Y visité rincones de València, como el Jardín de Monforte, para integrarlos en la trama con final abierto de un amor que se apaga.

 

ASUNTO: Cumpleaños feliz

 

Estimada Penélope:

 

En nuestra historia hay también momentos que recuerdo con gran tristeza.

Acontecimientos que mi memoria recupera y dramatiza cada vez que intento, infructuosamente, hacerme fuerte para cerrar la puerta a un futuro compartido contigo. Como si borrar un amor fuera tan sencillo como convertir al otro en un cúmulo de racionales despropósitos e inconveniencias.

Semanas después del beso, me invitaste a la celebración de tu cumpleaños.

Durante los días previos me planteé no acudir, porque no había sido capaz de encontrar continuidad a lo que pensaba que había comenzado entre nosotros.

Pero finalmente aquella noche de sábado te recogí a la hora acordada en tu casa.

Llegamos al restaurante. Uno de los que estaban de moda aquellos años en la ciudad.

Durante la cena, con histriónicas actuaciones en directo, conseguí sentirme bien entre las más de diez personas, para mí desconocidas, que nos acompañaban.

Terminado el postre, el inmenso local de altas paredes se convirtió de repente en una sala de fiestas. Recibiste varios regalos.

Mientras los abrías impaciente seguí sin perder detalle de ti, a pesar de que no había conseguido conectar mi mirada con la tuya en toda la velada.

Bajamos en grupo a la pista. Bebimos. Algunos bailaron.

Tú parecías feliz. Ibas y venías. Eso sí, ni una sola vez a mí.

Y en lugar de desaparecer en ese preciso instante en el que nadie me hubiera echado en falta durante el resto de la madrugada, decidí acompañaros a una discoteca de mala muerte en la que enlazaste tus brazos en un cuello de hombre que no era el mío.

 

8

Escribí aquel relato adolescente muy influenciado por Tranvía a la Malvarrosa, obra en la que Manuel Vicent narra sus años de estudiante de Derecho en la misma facultad a la que yo ya estaba encaminado.

Lo presenté ilusionado a un concurso de relato joven convocado por una importante marca de bebidas alcohólicas. Pero me lo devolvieron pronto.

Con perspectiva, resulta curioso descubrir que me siguen buscando en las librerías historias ajenas, como la de Manuel, en las que el protagonista es un escritor que transita la vida entre pasiones, ambiciones, excesos, tópicos, medias verdades y contradicciones.

 

ASUNTO: Campanas de boda

Irreductible Penélope:

 

Fueron tiempos de constantes declaraciones de guerra y tratados de paz entre nosotros.

Ay, cuando pienso en ti, cómo me gusta utilizar la primera persona del plural. Aunque no sé si por aquel entonces conjugábamos al unísono el verbo «reamar». Pero ahí seguíamos. Y Facebook se convirtió en tu nodo y en mi radio La Pirenaica.

A través de esta red social me enteré de que tenías novio formal. Y meses después, con herramientas en mano y amplia sonrisa, de que estabas reformando un piso con él para casaros.

El día de tu boda fue uno de los más tristes de mi vida. Intenté que pasara rápido y lejos de ti. Recuerdo que, aunque no me lo había preguntado, le confesé a alguien qué me ocurría. Y me fui a casa. Solo. Y lloré. Vaya si lloré.

En tu perfil de Facebook siguieron las fotos de blanco. Por supuesto que también las de vuestro viaje de novios. Y ahí estaba yo, en mi desnorte, consumiendo con intensidad la dosis que de ti me dabas. Quizá porque entendí que solo de esta forma iba a empezar a asumir todo lo que con tu alianza me quitabas.

 

9

El verano de 2021 comienza entre lecturas, tardes de piscina, paseos, tortillas de patatas, jornadas intensas de trabajo, excursiones familiares en bicicleta, ensaladas de tomate valenciano, visitas a museos, partidas al Monopoly, películas, series, sencillos de Chimo Bayo, arroces secos en paella, Capitán Man, cucuruchos de helado de chocolate, mascarillas, algún que otro Enantyum y calenturas del cuerpo y alma varias.

No obstante, confieso que no tengo predilección por los veranos.

La playa me agobia. El calor me agota física y mentalmente. Y las cesiones a la improvisación, con los consecuentes cambios abruptos en las rutinas, me generan irritabilidad, sensación de pérdida de control y parálisis.

Con todo y con ello, suelo convertir el estío en uno de los elementos principales de las historias que escribo. Quizá por cómo nos afecta en el día a día la percepción de su fugacidad y por las sensaciones a él asociadas en nuestro imaginario.

Fue durante un verano, el de 1996, cuando decidí dar vida a Lope en aquel patético relato preuniversitario. Y precisamente en esta misma estación, ahora estoy dispuesto a convertir unas cartas en mi primer éxito editorial. Con solo una fórmula: el amor que siento por Penélope.

 

ASUNTO: ADICCIÓN

 

Apreciada Penélope:

 

Meses después de tu boda desapareciste.

Fue entonces cuando la vida me llevó a buscarte en otros besos e incluso llegué a pensar que te había olvidado cuando conocí a Rocío.

Perdóname si te hablo de ella.

Creo sinceramente que encontramos la felicidad juntos o nos acercamos a todo aquello que esta representa.

Parecía que teníamos intereses compartidos y, aunque pasara el tiempo, no necesitábamos usar fuelle ni atizador para avivar la llama de nuestra chimenea, que siempre estaba encendida. Hiciera frío o calor.

Fui padre y lo tenía todo. Salud. Amor. Rutina. Peleas. Reconciliaciones.

Pero un día recibí un mensaje tuyo que me demostraría que nunca estamos curados completamente de nuestras adicciones.

Me decías que tu vida en pareja no era plena. Que te habías equivocado. Y que me echabas de menos.

A partir de ahí, el guion que había escrito para mi nueva vida se fue al garete.

¿Recuerdas la de noches que vimos desde entonces series juntos, tú desde tu casa y yo desde la mía? Siempre querías ser la protagonista. Y yo esperaba a elegir personaje para asegurarme de que terminaría siendo el malo de la trama que la enamora.

Así pasaron los años.

Leyendo todos los libros que me recomendabas. Felicitando tu cumpleaños con puntualidad a medianoche para ser el primero en hacerlo. Disfrutando de cada una de tus muestras de cariño. Queriéndote ver a la vez que evitándote. Y deseándote a escondidas.

 

10

Registro los esbozos preliminares y pienso en Mar. El gran amor de mi época universitaria, quien, según leí hace un par de años en Internet, es directora de una editorial con sede en València.

A través de la página corporativa localizo su correo electrónico. Le pido en mi comunicación que lea las cartas que adjunto y que me diga si podría entrar en sus intereses publicar el trabajo.

Tres horas después me contesta que le parece muy interesante lo que estoy haciendo. Que podría estar alineado con lo que busca. Pero que se va de vacaciones a Dénia con su familia. Me pide mi número de teléfono para contactarme en cuanto vuelva. Le respondo agradecido con la información que me solicita.

 

ASUNTO: SOS

 

Pretendida Penélope:

 

Seguíamos el uno colgado del otro entre mensajes de WhatsApp que iban y volvían. Aunque durante todo ese tiempo ni hablamos por teléfono ni nos vimos cara a cara. Con lo que solo nos pueden acusar, como mucho, de infidelidad de pensamiento.

Meses después de revalidar mi paternidad te envío un SOS. No puedo más. Solo quiero estar contigo.

Respondes con un «llámame y lo hablamos» que todavía me rompe el alma.

Quiero imaginar que estuviste esperando, teléfono móvil en mano, mi llamada. Pero no la hice y no sabes cuánto me arrepiento de no haber buscado aquella lluviosa mañana de fin de semana tu nombre en la agenda del mío.

 

11

Quedo con Mar en las oficinas que su editorial tiene en una de las zonas más caras de la ciudad.

Aparco el coche en un garaje público cercano. Compro un botellín de agua natural en un establecimiento que me queda de camino para intentar aliviar el calor de la mañana.

En la fachada del edificio, junto a su puerta de madera centenaria, hay un cartel que me recuerda que tengo que subir al tercer piso. Puerta cinco.

Entro.

Ya no hay portería y me viene a la cabeza de repente alguna graciosa anécdota que tuve con el antiguo empleado de esta comunidad. Bajito, nariz chata, cara ovalada, pelo teñido de negro, bigote Chevron y característico acento malagueño que no había perdido a pesar de que llevaba viviendo lejos de su tierra desde hacía décadas.

Al fondo del zaguán sigue estando operativo el imponente, vetusto y ruidoso ascensor, que realiza una parada en seco cuando llego a destino.

La puerta de Lliri Groc está entreabierta. Accedo. Una joven me indica que Mar estará enseguida conmigo. Que está avisada. Le doy las gracias.

Sin moverme del recibidor compruebo que el inmueble, a pesar de que parece que ha sufrido recientemente una importante intervención, mantiene la esencia de cuando era el despacho de su padre: puertas de madera lacadas de blanco, anchas molduras de escayola en las intersecciones entre paredes y techos altos, así como suelos de baldosa hidráulica.

En este mismo espacio, frente a dos sillas Wassily hay un cuadro de medianas dimensiones que llama mi atención. Una rayuela con grandes letras y números de caligrafía espontánea.

—Veo que te ha impactado mi Leonardo —dice Mar tras mi espalda. Luego nos abrazamos y besamos.

—Así es. Por cierto, ¿Leonardo?

—Leonardo Rodríguez-Pastrana Caldarola, un niño de solo siete años. Impresionante, ¿verdad? —me responde. Continúa mientras la sigo por el largo pasillo—: Comprar una de sus obras es un tiro al pie si en su adolescencia decide renegar de la pintura. Pero algo me dice que, si sigue la llamada del arte, puede ser uno de los grandes. Tiene talento. A todo esto, recuérdame que un día te cuente que hace unos años estuve en el estudio de Manolo Valdés en New York —remata con un perfecto acento inglés.

Entramos en su despacho, que antaño fue sala de reuniones, con vistas a la Gran Vía Marqués del Turia.

Me anuncia que vuelve en cinco minutos.

Decoración ecléctica. Todos los elementos colocados en calculada armonía estética. Paredes blancas con una extraordinaria obra abstracta detrás de su mesa. La reconocería a la legua. Es de Penélope. Firmada en 2017.

La combinación de sus colores y la máxima ferocidad de sus trazos me hacen intuir que quizá la pintó después de alguno de nuestros encontronazos o de los que imagino que también tendrá con su marido.

Sigue estando frente al ventanal principal de esta estancia nuestro sillón de roble tallado con dos motivos florales en el respaldo.

Me acerco con curiosidad a una gran librería cerrada con puertas de cristal transparente y compruebo que Mar sigue haciendo crecer su colección.

Contabilizo que tiene diez ejemplares del Ulises de James Joyce en diferentes ediciones e idiomas. Como mínimo, cinco de El viejo y el mar de Ernest Hemingway. También otros tantos de autores como William Shakespeare, Luis Cernuda, Pío Baroja, Camilo José Cela, Ana María Matute, Pedro Salinas, Antonio Machado, Rosalía de Castro, Franz Kafka, Carmen Laforet, Marcel Proust o Juan Ramón Jiménez.

Mar vuelve al despacho y apunta con el dedo índice hacia el que dice que es el último que ha comprado en una subasta celebrada recientemente en Londres. Una de las primeras ediciones del Quijote en chino. Lo observo durante unos segundos.

 

ASUNTO: Divorcio

 

Escurridiza Penélope:

 

Fuiste una de las primeras personas en saber que se había roto mi relación de pareja.

Para variar, te lo hice saber a través de WhatsApp. Y te pedí algo así como que no te fueras. Que te quedaras siempre conmigo.

Me respondiste que así sería. Aunque a veces he llegado a pensar después que no cumpliste con tu palabra.

Voy a serte sincero.

Toda separación de pareja viene sucedida de meses en los que se producen grandes desgarros emocionales.

Se llora. Se echa de menos. Y se inicia un proceso de idealización de todo lo que acaba, que lleva a distorsionar un pasado del que desaparece de forma transitoria cualquier atisbo de amargura.

Como en todo tipo de ausencia, las primeras veces son terroríficas.

La primera noche. La primera Navidad. Las primeras vacaciones.

Tampoco ayudan las maletas que vienen y van, los rincones destartalados, las estanterías que quedan vacías de libros ajenos y objetos con significados compartidos, las paredes con alcayatas al descubierto y los cajones que duplican su espacio.

No obstante, no estoy dispuesto a perder ni un solo minuto.

Por lo que inmediatamente me lanzo a ti con la ingenua determinación de que, en cuanto te lo pida, vas a dejar todo por mí. Como si nuestras vidas fueran un bolero.

Aunque pasan las semanas y no solo sigues escurriéndote entre mis dedos, sino que, en mi afán de recuperar el tiempo perdido, te colmo de palabras regaladas que enlazo con recreaciones de buenos y malos momentos de nuestro pasado que me dices que no recuerdas o niegas que hayan ocurrido.

Con lo que mi realidad transcurre en paralelo a la tuya. Y quizá la tuya, a la vez, al mundo perfecto que expones en tu perfil de Instagram.

 

12

Tomamos asiento y nos ponemos al día brevemente sobre nuestras vidas.

Mar sigue casada con Gerardo y tiene una hija de diez años, Gabriela.

Me muestra una foto de ella. Pelo rubio, piel pecosa y penetrantes ojos verdes como los de su madre. Y me entrega una de las últimas novelas que ha publicado la editorial. Quiere que me la lleve para que pueda comprobar con detenimiento su calidad material y literaria.

—Te lo dije el otro día. Me gusta lo que estás haciendo. —Continúa—: Con la reciente incorporación de un fondo de inversión sueco a nuestro accionariado, tenemos recursos para ofrecerte una colaboración ambiciosa y duradera. Aunque también debes ser consciente de que nuestros criterios de selección se han endurecido como consecuencia de ello. Con lo que necesitamos que avances en la redacción antes de que podamos tomar una decisión definitiva. A partir de ahí, por supuesto, empezaremos a hablar de aspectos económicos y comerciales y firmaremos un contrato.

—Lo entiendo perfectamente y estoy dispuesto a darte lo que necesitas. De hecho, aprovechando mis vacaciones y que los niños se van con su madre a casa de sus abuelos en Ciudad Real, me he reservado una habitación en La Fonda de la Estación. Un pequeño hotel de La Puebla de Valverde ideal para paseos, reflexión, buena comida y expansión creativa.

 

ASUNTO: 12 de julio de 2021

Venerable Penélope:

 

Las noches previas no pude dormir pensando en que, después de tantos años, por fin íbamos a tenernos frente a frente de nuevo.

A pesar de todo, ¿seguiríamos gustándonos o íbamos a descubrir que solo éramos dos desconocidos que han vivido durante una década en una virtualidad paralela que iba a desintegrarse en mil pedazos nada más cruzáramos nuestra primera mirada?

Son aproximadamente las ocho de la tarde.

Hemos quedado en vernos en una plaza cercana.

Nos encontramos y nos dirigimos a mi casa.

Abro la puerta.

Entramos.

Antes de sentarnos me observas de arriba abajo y afirmas que soy más alto de lo que recordabas. Me descojono y pienso que no podría haber empezado mejor la noche.

Saco una botella de tinto que guardaba para una gran ocasión como esta. En concreto, un Coto de Imaz, reserva de 2015. Tras descorcharla, sirvo el vino en un par de copas de cristal que estrenamos. Sí. Siempre que vienes a casa parece que tengo que estrenar algo. Como si necesitara este ritual para confiar en mi buena suerte.

Reímos. Hablamos. Pero no das pie a que lo hagamos del futuro.

Llega un momento en que confieso que no he preparado nada para cenar.

No te lo digo, pero, después de lo del roscón de la tarde de Reyes, no quería hacerme demasiadas ilusiones. Ni permitir que mi nevera quedara por días marcada con tu recuerdo si no venías.

Improviso una ensalada con frutos secos y horneo una pizza fresca que tenía preparada por si acaso.

Antes de la medianoche salimos a la calle.

Cuando hemos llegado a tu coche, advierto que nuestra velada está a punto de acabarse. Con lo que me entran las prisas.

Te abrazo. Te acaricio. Te susurro que te quiero. Levantas la cabeza. Te miro. Sonríes. Me descubres que es noche de luna llena.

 

13

Haciéndose merecedora de su nombre, Mar es una persona que llega, deja huella, desaparece y vuelve, si le interesa, con más fuerza. Unas veces es marejadilla. Otras, las que más, tsunami.

Nos conocemos bien. Desde muchos años antes de reencontrarnos en la biblioteca del Campus dels Tarongers de la Universitat de València, cuya fachada principal, por cierto, me recuerda a la del rehabilitado teatro romano de Sagunt.

Mar había sido compañera de clase de mi hermano en un colegio de cuyo nombre no quiero acordarme, perdido en la huerta norte de València.

Nos hicimos gracia en aquellas frías y oscuras tardes de estudio en el edificio universitario diseñado por el arquitecto italiano Giorgio Grassi. Y empezamos a salir meses antes de un cambio de siglo que recibimos haciendo el amor en una cuneta después de habernos quedado sin gasolina en mi Seat Ibiza negro de camino a la casa de campo de una de sus mejores amigas.

Dos años y pico después comencé a prepararme las oposiciones. Nuestra relación seguía viva, pero terminaría enfrentándome a unos gigantes. De verdad, no como los de don Quijote.

Efectivamente, en cuanto hubo terminado la carrera de Administración y Dirección de Empresas, su padre la convenció para que estudiara un máster en Estados Unidos con Gerardo. Único hijo de su socio, nueve años mayor que Mar y que estaba llamado a ser legatario del importante despacho de abogados propiedad de ambas familias.

El sueño de la abundancia y la distancia que cada día se iba incrementando entre nosotros hizo el resto.

Boda por todo lo alto con Gerardo en la Real Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados. Viaje de novios por las playas más exclusivas del mundo. Chalé en Los Monasterios, una urbanización de lujo de la zona. Y señorío, tras varias fusiones, sobre una firma legal de renombre en València, que hoy tiene más de cien abogados y otras sedes en Madrid y Bruselas.

 

ASUNTO: Nuestro universo

 

Anhelada Penélope:

 

No importa la hora. Es una tarde de un día cualquiera. Me siento en el sillón. Lo reclino y pongo el aire acondicionado. Intento retomar la última novela que compré en Amazon. Leo tres páginas y vuelvo a dejar el libro electrónico en la mesa.

Enciendo la televisión e inicio una de las películas que tengo guardadas en Filmin. Una hilarante historia entre el empleado de una compañía de seguros y una bella ascensorista. Dirección y guion de Billy Wilder.

Durante todo el día no he podido evitar volver al sueño que tuve anoche. Contigo.

Sigo sin concentrarme. Tengo todavía calor. Intento bajar la temperatura con el mando a distancia.

Siete minutos después, siete, apago la televisión. Agarro el teléfono. Me chiva que solo me queda un siete por ciento de batería. Siempre apurando, pienso. Pero es premonitorio.

Entro en Instagram. Sí, también es de Mark Zuckerberg.

Fulanito está en la ventana de su casa viendo cómo cae la lluvia. Promoción irresistible de gafas de sol. Precisamente hoy. Menganita se ha levantado inspirada y plagia una frase de Paulo Coelho sobre truenos y dioses furiosos. No hay nuevas publicaciones sobre ti.

Clico con el dedo pulgar de la mano derecha sobre el buscador. No hace falta siquiera escribir la primera letra de tu nombre porque Instagram ya sabe que te busco.

Me voy directo a una antigua fotografía tuya de esas que están entre mis favoritas.

No puedo más. Me desnudo y me tumbo en la cama. La fotografía es de estudio. Con elegancia y maestría se pone en ella de manifiesto tu impresionante silueta. Mi imaginación amplía los horizontes de tu cuerpo y empiezo a ver todo eso que quiero.

No hay prolegómenos. Mi mano va allí donde ya hace horas se había declarado una tormenta eléctrica en el mío. Cierro los ojos.

Adapto la cadencia de mis movimientos instintivamente. Siento que me refugio en ti. Me excita la fricción de nuestros órganos incandescentes. Digo en voz alta tu nombre y lo repito cada vez que vuelve a caer un rayo.

En este preciso momento me encantaría enviarte una fotografía con la que compartirte en privado el parte meteorológico. Llego a hacerla. Clic. Estás en línea en WhatsApp. Pero la borro antes de pulsar el icono correspondiente.

Sigo volando tan alto que algo en mí ordena un aterrizaje de emergencia en mitad del trayecto por incendio en reactores. Bendita sea esta tormenta. Me apetece rendirme y por ello me preparo para el punto final concentrándome en tu sexo.

El desenlace parece inexorable. Pero, justo en ese instante, recupero el control de la nave y consigo seguir disfrutando del paisaje.

Diez, once, doce minutos… Pierdo la noción del tiempo. Sobrevuelo tus caudalosos manantiales, frondosos arbustos y firmes montañas.

El magma que ya había empezado a emerger antes de quitarme la ropa interior no solo lubrica desde su cráter el volcán que quiere ser solo tuyo. También me regala una improvisada e irrepetible composición musical que se va haciendo más rápida conforme te pienso y van incrementándose mis movimientos.

Ahora sí. Me mareo y mi naturaleza llega a la gran explosión.

Doy «me gusta» a tu fotografía. Quiero hacerte cómplice de mis correrías. Que sepas que hoy ha sido precisamente con esta imagen y no con otra. Contigo.

Se agota la batería del teléfono móvil.

Todavía no me he repuesto cuando ya estoy pensando en el día en que por fin te tenga desnuda frente a mí, se produzca el Big Bang por el choque de dos cuerpos y no tenga ya marcha atrás la creación de nuestro universo.

 

14

Durante los días que siguieron a mi visita a Mar, intercambiamos infinidad de mensajes.

Después de años sin hablarnos, parece que la confianza se ha restablecido de sopetón entre nosotros y ha dejado de dolerme el resultado de su suma con Gerardo.

Me remite, a cualquier hora, notas de voz y texto con ideas sobre mi futura novela epistolar. También me recomienda varias lecturas para mis días de recogimiento en La Puebla de Valverde. Aunque no quiere que tenga un exceso de influencia de última hora por ninguna de ellas que pudiera quedar plasmada en la redacción final de una manera torpe.

 

ASUNTO: Tic, tac

 

Huidiza Penélope:

 

Son las 4:27 horas y es calurosa la noche.

Hace un rato he terminado de ver Anatomía de un asesinato de Otto Preminger.

Hoy tampoco puedo dormir.

Reconócemelo de una vez por todas. Mis sentimientos son correspondidos.

Dame espacio en tu vida. No puedo esperar ni un día más. Mi corazón se acelera. Mi cuerpo ansía el tuyo. Mi mente se impacienta.

Empecemos a hablar de todas esas cosas que nos preocupan o interesan. Compartamos cine, pintura, lectura y música. Quedemos para conocernos como hacen dos personas que se aman. Sin prisas. Sin pausas.

Vamos a darnos una oportunidad. Construyamos, sumemos, avancemos y, solo una vez estés preparada, das el paso definitivo hacia mí.

Por fin ha llegado ese momento en el que el amor se vuelve incompatible con el verbo «procrastinar».

Estaré a tu lado incondicionalmente.

Todo va a salir bien.

Dime que sí.

 

15

No he tenido buena noche.

En cuanto me levanto, preparo el equipaje. No quiero olvidarme de nada, por lo que antes redacto a mano una lista de chequeo.

Maleta: Ropa interior, chaqueta de entretiempo, seis polos, dos pantalones vaqueros, short, bañador, cuatro camisas de manga larga, bolsa de aseo y recipiente con detergente para lavar ropa a mano.

Mochila: Libro electrónico, cuatro obras en papel, ordenador portátil, cargadores varios, cuadernos, bolígrafos, folios, estilográfica, tinta, tableta, rotuladores de colores, auriculares, gafas y cartera.

Durante la mañana realizo diversas compras, voy a la peluquería y visito, ya con el equipaje en el coche, a los niños en la puerta de la casa de su madre antes de que emprendan viaje a Ciudad Real. Están emocionadísimos.

Como un bocadillo de calamares con mayonesa en un bar cercano.

 

ASUNTO: Querer es poder

 

Deseada Penélope:

 

Hablas.

Me cuentas anécdotas de tu experiencia como madre. Me confiesas lo difícil que está siendo tu verano. Quiero abrazarte y no me atrevo. Me narras la sinopsis del último libro que estás leyendo. Mañana me lo compro, pienso.

Estamos a gusto.

Me levanto y sirvo una copa de cava.

Pongo algo de música.

Me vuelvo a sentar delante de ti. Sin distancias de seguridad ni leches.

Me dices que sí, que enciendo el fuego de tus ilusiones. Y cuando tus llamas comienzan a iluminar mis ojos, empiezan tus peros. Muchos.

Mantengo el gesto tranquilo. Tomo tu mano. Te miro. Ya no quiero que te vayas.

Entre pero y pero, expones tus porqués.

Callas. Sonríes aliviada. Tus ojos enamorados se clavan en los míos. Pretendes que diga algo, aunque soy incapaz de articular palabra.

Bebes de nuestra copa.

Por fin nos abrazamos. Te susurro al oído que te quiero por si es la última vez que puedo hacerlo y, justo cuando te iba a responder que querer es poder, suena la dulce melodía en mi móvil que anuncia un mensaje tuyo.

Solo tengo dos personas con las notificaciones personalizadas en mi lista de contactos de WhatsApp. Sí, una de ellas eres tú y la otra no es Mark Zuckerberg.

Me deseas los buenos días.

Sonrío. Solo era un mal sueño.

 

16

Después de dos horas de viaje llego a La Puebla de Valverde. Aparco. Bajo las maletas y entro en el hotel a través de un portón de madera que está abierto y mediante el que se accede, a su vez, a un patio descubierto de suelo empedrado y en cuya parte central hay dos jardineras. Al fondo, otra puerta, que, flanqueada por dos pequeñas mesas metálicas redondas de color blanco y sus sillas, da paso al interior de este edificio recuperado del siglo XIX.

No es la primera vez que vengo.

Saludo a su propietaria y, tras los habituales trámites, como la entrega y copia de mi documento de identidad, recibo la llave de la habitación que me ha asignado. Me recuerda que para llegar a ella hay que subir a la primera planta mediante una escalera hasta cuyo pie me acompaña.

Hay un pequeño cartel en la entrada hecho a punto de cruz. Abro, enciendo la luz, entro y cierro la puerta.

Como había solicitado, han colocado un escritorio con silla contra la pared que queda a la izquierda de la ventana. Sobre él hay un flexo de luz potente, varios folios y un bolígrafo. Añado el portátil, así como el resto de los materiales que he traído, salvo los cuadernos y la cartera, que mantengo en la mochila.

Descorro las cortinas, abro las contraventanas y subo la persiana de lamas de madera, cuya cuerda anudo en una alcayata de aspecto antiguo. Disfruto de la rusticidad del paisaje.

Coloco mis pertenencias de la maleta en el interior del armario que hay frente al acceso de la habitación.

Me ducho y descanso un rato.

 

ASUNTO: Lo nuestro

 

Impasible Penélope:

 

Aunque pasan los meses y mi separación no produce ningún cambio relevante en nuestra historia, tu dolorosa ausencia también me lleva a ser más paciente, a gestionar mejor mis frustraciones, a respetar los silencios ajenos y a quererte más. Y está haciendo que mi escritura supere aceleradamente sus propios límites, décadas después de aquel relato de decepción emocional entre playas, tranvías y boleros.

Porque solo del amor que siento por ti, así como del miedo que tengo a que termines dando un paso al frente por un hombre que no sea yo, surge precisamente esta inevitable emesis de palabras malsonantes, esperanzadas, putrefactas, armoniosas y desesperadas que quieren convertirse en novela.

Vale.

Quizá estás decepcionada conmigo porque piensas que narrar la propia vida es recurso de mediocres. Y tal vez enfadada por aventurarme a creer que soy una especie de Emmanuel Carrère ibérico que se ha atrevido a escribir sobre lo nuestro. Así, tal y como tú misma calificabas en un mensaje que me enviaste hace unos años, esta historia cuyo pasado de ilusionante reciprocidad ahora niegas.

 

17

Bajo a las instalaciones comunes del hotel. Pido un botellín de agua con gas. Con hielo y sin limón.

Contemplo varios óleos que están expuestos en las paredes para su venta y ocupo una de las mesas que hay en el patio exterior frente a la recepción.

Saco cuaderno y bolígrafo. Mientras reviso mis últimas anotaciones, sigo la conversación relajada que mantienen un hombre y una mujer de aproximadamente sesenta y cinco años en la otra mesa.

Por la forma en la que hablan, me aventuro a pensar que han podido ser profesores universitarios, altos funcionarios, profesionales liberales o directivos de empresa.

Parece ser que han vendido su casa en la península y están dando una vuelta turística por España que durará varios meses. Tras lo que embarcarán en Andalucía a un ferri con el que irán hasta las islas Canarias, donde, por lo que escucho, van a establecer su nueva residencia.

Subo a mi habitación cuando ya comienza a anochecer y me pongo a trabajar delante de la pantalla del ordenador portátil.

Una hora después empiezo a agobiarme. Penélope, que acaba de publicar en Instagram una fotografía con su hija, no contesta al mensaje que le he remitido esta mañana. Pierdo súbitamente la confianza en lo que estoy haciendo.

Añado aquí, corrijo o borro allá… Ni aun así.

Me bloqueo.

Me pongo nervioso y en uno de mis arrebatos tiro el cuaderno con fuerza contra la pared.

Me tumbo en la cama.

Si al menos tuviera la valentía de empezar a construir hoy mismo mi leyenda como autor de novela masculina al más puro estilo anglosajón, pediría una botella de güisqui que bebería a palo seco en dos tragos. Y montaría un desorden público de grandes dimensiones esta misma noche en el hotel antes de que me echara la policía entre caras de indignación del resto de los huéspedes. Pero es que encima soy abstemio. Si Bukowski levantara la cabeza…

Tanta tontería me lleva al agotamiento y termino durmiéndome.

 

ASUNTO: Crear vida juntos

 

Ansiada Penélope:

 

Imagino cómo será el momento en el que me das la noticia. Probablemente con un wasap.

Poner mis manos cada mañana sobre tu vientre hechicero. Escuchar su frecuencia cardiaca y que se acelere a la vez la mía. Descontar con entusiasmo días al calendario para poder acariciar la aterciopelada piel de su pequeño cuerpo. Estar presente cuando llegue. Descubrir cómo sabe dar un beso a nuestra conjunción genética. Que si es ella se llame como tú y, si es él, seas tú quien elija su nombre. Reaprender a tomar en mis brazos a una criatura tan frágil. Despertar de madrugada para cambiar sus pañales. Hacer virguerías para que quepamos todos en nuestra cama.

Quizá pueda parecerte un absurdo. Una temeridad. Una locura. Una cursilada.

Incluso vete tú a saber si después de esta declaración de intenciones huyes lejos o dejas de contestar a mis mensajes. Esta vez con determinación y a conciencia.

Pero amar en pareja es respetar, aceptar, compartir, sumar, comprender, desear y, aunque en el caso no hay indispensable condición de reciprocidad o resultado, también puede ser querer decididamente crear vida juntos.

Y yo te amo.

 

18

Durante los días que siguen a mi llegada al hotel de La Puebla de Valverde, me centro de una forma muy satisfactoria en la novela que estoy haciendo con las cartas que envío a Penélope.

La editorial exige un mínimo de palabras redactadas para que haya oportunidad de publicación en papel. Con lo que incluso me planteo utilizar algún recurso que me permita, concluida cada parte, o a través del epílogo, realizar una narración en primera o tercera persona al hilo de su idea principal u otra accesoria, con la finalidad de dar volumen a la obra.

Al respecto de lo anterior, surge la posibilidad de convertir la pandemia por COVID-19 en elemento principal de la novela junto a la historia de amor. Pero la descarto. En primer lugar, porque estoy convencido de que va a ser un tema excesivamente tratado, desde infinidad de ángulos, en la literatura contemporánea. También porque sería fácil contaminar dicho acontecimiento con elementos subjetivos que podrían quitar foco, además, a la intención narrativa inicial.

Es evidente que me habría encantado que nos hubieran confinado juntos y que todos hemos sentido, de una manera u otra, el dolor por la pérdida humana en esta coyuntura. Pero no quisiera rellenar texto con que si los gobiernos no estuvieron a la altura de las circunstancias. Que si Bill Gates ya lo dijo hace unos años y no hicieron nada para evitarlo. Que si las teorías de la conspiración y las negacionistas tienen base científica. Que si primero mascarillas no y después, sí. Que si he cocinado más durante el confinamiento domiciliario que nunca. Que si el bicho chino ha cambiado nuestras vidas. Que si el hecho de que se agotaran las existencias de papel higiénico y levadura en los lineales de los supermercados es metáfora de no sé qué. Que si ya no quedan estadistas en el mundo que busquen el bien común por encima de posiciones partidistas. Y otros argumentos de bar que ahora se han trasladado a Facebook.

También valoro la opción de combinar mis misivas con una historia de traumas adultos que tienen su origen en un despiadado acoso escolar. No obstante, determino aplazarla porque no quiero abrir todavía ese relato de consciente pasividad de los responsables de aquel colegio privado ante la ejecución de continuas vejaciones por parte de algunos individuos.

Por otro lado, sigo documentando con minuciosidad los espacios en los que deben desarrollarse diferentes acciones pendientes de redacción.

Asimismo, dedico al menos dos horas diarias a ampliar mi conocimiento acerca de la técnica y evolución de la novela epistolar. También a leer textos que prosistas, pintores, políticos o músicos relevantes enviaron a sus amantes. Algunos son francamente soporíferos. Aunque estoy convencido de que para ciertas personas también lo serán los míos.

Analizo el papel que han tenido las mujeres en este campo dentro de los diferentes contextos históricos. Considerando que no solo fueron receptoras de estas cartas, sino que en muchos casos las escribieron a pesar de las trágicas consecuencias que les supusieron.

Profundizo, entre otras, en la tormentosa relación de Eloísa y Abelardo a través de los apasionados escritos, auténticos o no, que construyeron su leyenda de concupiscencia, espiritualidad y calamidad.

Investigo la correspondencia amorosa como tema principal de obras de pintores de la talla de Gerard Ter Borch y Johannes Vermeer, que representan elegantes figuras femeninas de alta posición social y económica con papel sobre la mesa e instrumento de escritura en mano.

Tomo notas y fotos con el móvil. Paseo por la zona del hotel y descubro la incapacidad que la vida en la urbe me ha impuesto a la hora de identificar, por ejemplo, las diferentes especies de árboles y plantas silvestres con preciosas florecillas de colores pastel que abundan en la zona. Como en su magnífico y tranquilo restaurante. Hablo por videoconferencia con los niños. Participo en mi terapia psicológica a través de Skype. Genero contenidos para las redes sociales. Veo películas. Y sigo wasapeando con Mar, que incluso me envía sonrientes autorretratos desde el Montgó o la terraza de su chalé en Les Rotes.

 

19

Dedico la mañana del martes a visitar la ciudad de Teruel.

Paseo por sus calles. Contemplo su esplendoroso pasado arquitectónico modernista y accedo a la catedral con un grupo guiado que nos detiene en su techumbre del siglo xiii. No me olvido del mausoleo de los amantes, porque su trágica historia quizá pueda resultarme inspiradora en mi actual tarea.

A continuación, me refresco la cara en la fuente del Torico.

Como en el Mesón Óvalo manitas de cerdo deshuesadas con foie y manzana caramelizada.

Vuelvo al hotel, me doy una ducha rápida, me pego una buena siesta y a media tarde voy a leer a la sala de estar que hay en la primera planta.

Llevo en la mano izquierda el cuaderno.

Es una estancia con techos de madera y una perspectiva parcial del restaurante, en cuya pared principal se halla un reloj de grandes dimensiones con el texto «Un tiempo y un espacio para disfrutar de la vida».

Hay varios sofás y sillones, así como un escritorio de madera, tras el que se encuentra una estantería de dos metros lineales con decenas de libros para huéspedes de autores como Dulce Chacón, Javier Moro, Espido Freire, Ildefonso Falcones, Maruja Torres y María Dueñas.

Revisando el conjunto de ejemplares, me detengo en los largos títulos, por lo menos en su traducción al español, de Stieg Larsson: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Finalmente tomo Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa, del que no hace mucho leí con gusto Travesuras de la niña mala.

Estoy solo.

A lo lejos se oye a la dueña del hotel, que desde la recepción convierte en hazaña la venta telefónica de cada habitación en la actual coyuntura de miedo y desesperanza.

Me siento en uno de los sofás blancos con oscuros estampados de cara a una pared con varios ventanucos, que, junto con una cristalera que hay en la opuesta, dan algo de iluminación natural al espacio.

Pienso en las estatuas yacentes del plácido reposo que he visto esta mañana. Cada uno de los amantes de Teruel con una mano sobre su propio cuerpo y la otra hacia la unión eterna tras el beso imposible. Y recuerdo irremediablemente el que di a Penélope durante aquella fiesta navideña en la que acabamos de madrugada en un hospital después de que su amiga Patricia se torciera un pie en una de sus espectaculares sobreactuaciones musicales.

Leo, hago anotaciones con ideas que van surgiendo para mi novela y me coloco unos auriculares inalámbricos para escuchar a Glenn Miller.

De repente, alguien me toca el hombro.

Me giro.

Sonríe.

Me levanto mientras retiro los dispositivos auditivos.

—Quién iba a decirme que nos veríamos hoy aquí, Mar.

—Sorpresa. Hasta mañana por la tarde no tengo que volver a Dénia y he decidido venir para ver cómo llevas el trabajo. He reservado hace un rato la última habitación —contesta.

—Perfecto. La verdad es que ya necesitaba socializar un poco. Llevo demasiados días solo.

Nos sentamos y comenzamos hablando de Mario Vargas Llosa.

 

20

Se nos hace la hora de la cena y bajamos al restaurante.

Compartimos dos exquisitos entrantes y algo ligero como plato principal.

Degustamos de postre un bizcocho casero de chocolate con nueces y helado de vainilla.

Cuando terminamos, salimos a dar un paseo. Ha anochecido.

Rodeado de naturaleza, al pie de la Sierra Javalambre y cercano a una gran nave de una empresa de jamones, el hotel se halla junto a una pequeña estación de tren de la línea que permite viajar entre Zaragoza y València, así como a la vía verde en la que antaño existió una vía ferroviaria mediante la que se transportaba mineral desde el municipio turolense de Ojos Negros a la boyante industria siderúrgica de Sagunt.

—El otro día me planteabas dar cuerpo a la obra con una narración complementaria a las cartas de amor. Me parece interesante. ¿Y si aprovechas esto para dar voz ficcional a Penélope en contraste con…?

—¿Estás proponiéndome a estas alturas que me convierta en escritor de literatura romántica para mujeres, cambiando dinero por cuchicheos a mis espaldas? —interrumpo.

Suelta una carcajada y contesta:

—No. Solo estoy pensando en ayudarte a definir ese recurso que necesitas. En cualquier caso, debes saber que detrás de mí también se hacen comentarios malintencionados y hay que aprender a sobrellevarlos.

Advierte la tensión generada, por lo que acaricia mi antebrazo y cambia de tema.

—¿Te acuerdas de aquel poema de Antonio Gala que me recitabas cuando me enfadaba?

—Claro.

—Pues súbete a esa mesa y hazlo —me reta.

Me acerco con determinación a la mesa de madera con bancos integrados que está junto a un edificio en ruinas en plena vía verde, reviso con las manos su estabilidad, asciendo y comienzo la interpretación.

Palabras. Tonos. Silencios. Gesticulaciones.

Se acerca a mí.

Aplaude cuando acabo. Me tira de la mano para que baje del improvisado escenario. Me besa. No me aparto.

Lleva la mano a mi bragueta para comprobar el estado de las cosas.

Se sienta a continuación en el banco, me desabrocha el cinturón, me baja el pantalón y la ropa interior y me lleva a su boca.

Cuando sabe que mi excitación está en un punto álgido, hace una parada.

Se levanta. Me abraza. Se sube el vestido y se baja las bragas. Se recuesta sobre los desvencijados y chirriantes tablones de la mesa. Hacemos el amor.

La noche es cerrada, pero la luz de la cercana estación de tren permite que se encuentren nuestras miradas.

Nos vestimos. Accedemos al hotel. Pedimos una botella de agua y alguna pieza de fruta.

Mar muerde una manzana roja mientras sube las escaleras.

Recoge de su habitación una bolsa en la que introduce ropa interior y útiles de aseo personal. Entramos en la mía.

Nos duchamos. Charlamos. Beso su cuello. Palpo su cuerpo y ella el mío.

Volvemos a hacerlo pausadamente. Tras lo que cada uno de nosotros, ya en estado de agotamiento, se pone en el mismo lado de la cama que nuestra memoria parece que ha grabado para siempre.

 

21

Cuando me despierto, descubro que Mar se ha ido. Me incorporo y bebo agua.

Vuelvo a tumbarme y en ese instante golpean dos veces a la puerta.

Entra.

Lleva un vestido rojo que realza su figura y armoniza con el equilibrado bronceado de su cuidada piel. ¿Seré yo su fondo gris?, pienso.

Me dice que se ha levantado hace ya dos horas. Que le ha dado tiempo a salir a correr, desayunar y revisar mis borradores, sobre los que me ha dejado varias anotaciones a bolígrafo.

Se sienta y me dice que tiene que pasar por su casa antes de volver a Dénia.

Saca un folio amarillento y me muestra un poema que le escribí durante nuestro noviazgo.

Le digo que no me gusta releerme, por lo que toma la iniciativa y lo recita.

Cuando termina de hacerlo, nos sonreímos.

Me abraza fuerte.

Me besa.

Se va.

Resuenan en mi cabeza los últimos versos que Mar ha interpretado para mí.

 

22

Concluido el viaje, viendo La flor de mi secreto de Pedro Almodóvar mientras duermen los niños, encuentro el elemento que necesitaba para complementar las cartas en mi novela.

Decido así introducir en ella una historia de ficción paralela a las epístolas, en la que resulta que su mismo autor ya había publicado meses atrás una exitosa novela rosa, fusionada con la negra, de título Amor con cosas. Lo hace bajo un seudónimo femenino.

Después de estudiar varias combinaciones, Agrado Perkins es el nombre que elijo para dicho personaje. Como homenaje al que interpreta Antonia San Juan en Todo sobre mi madre, en combinación con un apellido foráneo, tan de moda actualmente en el género romántico, que tomo del mítico editor estadounidense de diferentes autores de prestigio del siglo XX como F. Scott Fitzgerald o Thomas Wolfe.

Busco información sobre otros hombres que ya han utilizado en la literatura seudónimos de mujer con la finalidad de entender sus motivaciones, así como para conocer sus trayectorias.

Es el caso, por ejemplo, de Hugh Crauford Rae, que habría hecho varias novelas románticas como Jessica Stirling. También el del escocés Iain Blair, que se encontraría detrás de Emma Blair.

 

23

Estructuro los elementos fundamentales de la obra; lo que continúa siendo una de mis obsesiones.

Paso noches enteras sin dormir garabateando, apuntando y tachando páginas, viendo películas y series que creo que me pueden inspirar en la definición de los personajes, así como leyendo. Imprimo fotografías de personas que pueden parecerse a cada uno de ellos. Las coloco con una chincheta en un corcho que dispongo en el despacho de casa. Reviso hemerotecas. Viajo a diferentes espacios en los que quiero ambientarla.

Cuando ya he madurado suficientemente la idea, se la comento a Mar. Me dice que le parece fantástica. Que trabaje en esa dirección. Porque, además, de esta manera se va a vender mejor el libro que si me centro solo en el género epistolar. También me propone que origine un conflicto en el personaje que justifique la creación de su otro yo, Agrado Perkins.

 

24

Conforme voy dando forma a la novela, combino las ganas de finalizarla con el miedo a enfrentarme a la crítica. Tengo pesadillas recurrentes con las que descubro, en la fase de revisión, que la historia ya está publicada por otro autor desde hace años. También con que me la roban o pierdo todos los archivos en un inexcusable ejercicio de dejadez con las copias de seguridad. Compruebo que los personajes me persiguen: algunas veces hablo con ellos y otras me impacta verlos de repente encarnados en personas de mi entorno. Tengo cuidado con lo que escribo por si termina enlazándose premonitoriamente con los azares del futuro. Las tapas del cuaderno empiezan a notar las consecuencias de su intenso ajetreo. Sufro tanto la impotencia que genera el bloqueo literario como la frustración que supone tener que borrar líneas de texto que la perspectiva de las horas te lleva a calificar como basura.

 

25

Durante las semanas siguientes continúo escribiendo, a la vez que atiendo mis obligaciones laborales y disfruto de los niños.

Pero también me veo con Mar en mi casa cada dos o tres días; pasamos juntos algunas noches en las que Gerardo tiene que viajar fuera por motivos profesionales y realizamos una escapada corta a Berlín, ciudad en la que se desarrolla la trama de un exitoso libro que Lliri Groc lanzó a principios de año.

En el vuelo de ida a la capital alemana Mar se sincera conmigo y me cuenta parte de su historia personal, que desconocía.

Así, me confiesa que se casó con Gerardo absolutamente convencida de lo que hacía y que incluso, durante un tiempo, fueron todo aquello que se esperaba de ellos.

Pero que, a las pocas semanas de nacer Gabriela, su madre murió de manera repentina de un paro cardiaco.

—Quizá ya lo sepas. A las consecuencias de esta importante pérdida, estaba muy unida a ella, se añade el hecho de que mi padre se casa, pocos meses después del óbito y con mi frontal oposición, con una socia del bufete con la que ya sabíamos que tenía desde hacía años una relación en paralelo a su matrimonio. En definitiva, que pierdo a mi madre y a mi padre. Aunque también a Gerardo, que decide mantener equidistancia en nuestra guerra para no perjudicar sus intereses en el despacho, lo que incrementa los reproches y la distancia entre nosotros. —Según indica, es a partir de entonces cuando comenzó a tomar hipnosedantes—. En primer lugar, bajo prescripción facultativa y después, en vez de irme a buscar a un letrado para replantear una estrategia seria y contundente en el tablero familiar, sin ningún tipo de control, los compro en Internet y los combino con alcohol, mentiras y amenazas con desequilibrar los poderes en el despacho de abogados. La situación se agrava por momentos y Gerardo me aboca a formalizar una separación de nuestros bienes que termina llevando aparejada una compleja operación legal con la que pierdo la propiedad de todos los inmuebles que habíamos adquirido conjuntamente, así como de los que había heredado de mi madre. —Dice Mar en su descargo que actuó en esa coyuntura bajo advertencia de divorcio y la pérdida de la custodia de la niña, que solo tenía dos años—. A partir de ahí, en clara connivencia con mi padre, Gerardo lidera junto a Raquel, mi madrastra, una ampliación de capital para reducir a la insignificancia el porcentaje de acciones que titularizaba desde el fallecimiento de mi madre en la empresa propietaria del despacho, con la única finalidad de asegurarse el control sobre la misma. Con todo y con ello, cada vez bebo más alcohol y consumo más ansiolíticos. Y empiezo a tontear con otras sustancias. Hasta que una mañana de diciembre intento suicidarme con cocaína y ginebra. Únicamente recuerdo que desperté en un hospital. Sola. Me ingresan después en una clínica especializada en este tipo de adicciones de Madrid durante varios meses. Comenzando así una larga travesía de terapias, medicaciones, consultas psiquiátricas y reconciliaciones. —Para unos segundos. Me mira con fría expresión y continúa—: Sí, reconciliaciones. De hecho, incluso por momentos, me he llegado a culpabilizar a mí misma de todo lo que ocurrió. Aunque en nuestra vida perfecta ya nada es lo que parece. Eso sí, Gabriela crece feliz y estoy cumpliendo, sin duda, todos mis objetivos económicos.

 

26

Mientras Mar negocia en Berlín con los directivos de una editorial alemana la publicación de esa obra en el mercado germánico, visito, entre otros monumentos, la East Side Gallery del viejo muro, donde me hago fotos frente al legendario retrato del beso de Dimitry Vrubel. Por la noche cenamos currywurst acompañada de patatas fritas, o comida asiática, paseamos por sus cosmopolitas calles todavía en reconstrucción y lo hacemos en nuestra habitación de hotel con vistas a un antiguo cementerio.

Llego a pensar incluso que Penélope forma parte de mi pasado y que por fin he sido capaz de empezar otro capítulo de mi vida mucho más terrenal. Aunque en este caso sea volviendo a uno de los que ya se supone que había cerrado años atrás.

Hasta que un día recibo un mensaje de aquella invitándome a visitar juntos su nueva exposición.

Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal.

 

27

Este fin de semana los niños están con su madre.

Quedan más de veinte minutos para la hora acordada, por lo que aprovecho para pasear por los alrededores.

Recuerdo el periodo de mi infancia en el que viví a ratos en esta misma plaza. Han pasado más de treinta años. Pero, aunque su fisonomía ha cambiado, todavía veo el tronco de árbol medio tumbado que servía de juego infantil en su zona central, la pizzería en la que cenábamos los viernes, así como aquella papelería en la que mi padre nos compraba materiales para hacer trabajos manuales. Y advierto la lluvia y sus charcos. El frío.

No fue para ninguno de nosotros la mejor época de nuestra vida. Pero a pesar de que durante años intenté olvidarme de aquel poco hogareño piso de puertas verdes y su entorno, llega un momento en el que descubres que el paso del tiempo ha tamizado el dolor, transformándolo, quizá, en otra cosa. Y necesitas retornar allí donde fuiste. Feliz o no.

Así ocurrió muchos años después de aquel naufragio compartido. Cuando estudiando en un cercano campus universitario, volvía de vez en cuando a respirar libertad y reconciliación a esta misma plaza en la que se ubica la galería donde Penélope expone ahora su nueva obra.

 

28

En la pared blanca que hay frente a la entrada, se anuncia con letras grandes el título de la exposición, QUINCE+15, y se realiza una breve introducción biográfica de la autora.

Leo.

Nacida en 1983, estudió en la Facultat de Belles Arts de Sant Carles de esta ciudad.

Finalista del Premio BMW de pintura, es considerada como una de las grandes promesas de la abstracción del siglo XXI.

Expone su trabajo en prestigiosas galerías de Londres, París, Palma de Mallorca, Seúl y Tokio, participa en Arco desde 2016 y su obra forma parte de importantes colecciones privadas y públicas, tales como el IVAM y el CAC de Málaga.

Después de varios años sin exponer individualmente en València, donde sigue creando en una vieja nave industrial familiar reconvertida en estudio, muestra una selección de quince obras de grandes dimensiones, pintadas sobre tela, madera o papel, para celebrar los quince años que lleva dedicada a las artes plásticas.

Me paro delante de uno de sus trabajos y suena el teléfono.

Es Penélope.

Le digo que ya he llegado. Que estoy esperándola en el interior de la galería frente a uno de sus impresionantes cuadros.

Me contesta que finalmente no va a poder venir. Le ha surgido un imprevisto en casa. Suena a excusa.

Salgo a la calle para evitar que el chico que atiende el establecimiento decodifique mis palabras.

Me dice que lo siente. Que tiene muchas ganas de verme, pero que tendrá que ser otro día.

Me ofrezco para ir a cualquier otro sitio al que le resulte más sencillo hacerlo. Quiero verla hoy. Me responde que no y me repite que tendrá que ser otro día.

Me confiesa por vez primera que le encantan las cartas que le estoy enviando por correo electrónico. Que le gusta mucho cómo escribo. Y le suelto ilusionado que van a formar parte de una novela que se publicará el próximo año.

Sin hacer alusión alguna a mi revelación, me dice que tiene que finalizar la conversación.

Inspiro.

Añade Penélope que revisará su agenda y me dirá por WhatsApp cuándo podremos volver a vernos.

Espiro.

Le digo que la quiero.

Cuelga.

Me siento raro. Entre nervioso y engañado. Pero a la vez contento de haber recuperado el contacto con ella.

Voy en dirección al aparcamiento cuando recibo una nueva llamada. Es Francisco, el administrador de mi comunidad, para trasladarme que se le ha informado de la existencia de una fuga de agua, posiblemente desde una de mis duchas, sobre la vivienda inferior. Hay daños. La vecina ya tiene su techo como yo el corazón, pienso. Me comprometo a gestionar la incidencia con mi compañía de seguros cuanto antes.

Posteriormente entra un mensaje de Penélope.

Me pide que disculpe la anulación de nuestra cita de esta tarde. Me dice que podríamos vernos el martes próximo para comer. A las 14 horas en el vegetariano de la calle Literato Azorín. Solo tiene una hora. Le confirmo que sí. Cierra nuestra conversación con un emoticono de un corazón. Se me pasa súbitamente el cabreo que tenía con ella.

De camino a casa, mientras espero a que un semáforo de la vía se ponga en verde, veo a Mar sentada en una terraza. Está acompañada de un hombre alto y extremadamente delgado de pelo rubio, que identifico como el que representa los intereses del fondo de inversión en la editorial. Ríen y alternan caladas del mismo cigarrillo.

 

ASUNTO: Señales

 

Escurridiza Penélope:

 

Hace varias semanas leí con parsimonia el retorno de Enrique Vila-Matas a las calles de Picasso, Monet o Gauguin, a través de su novela París no se acaba nunca.

En ella plasma melancólicamente aquellos años de joven aspirante a escritor en los que malvivió alquilado en la buhardilla de Marguerite Duras, revisando la experiencia que antes había recogido Ernest Hemingway en un texto publicado después de su suicidio en 1961.

Narra Vila-Matas con su característica ironía que se ha pasado media vida esperando sin éxito confirmación ajena sobre su pretendido parecido físico con el autor de París era una fiesta, que tiene una importante influencia en su obra.

Esta anécdota me hace ser consciente de que llevo años buscando señales mediante las que controlar mis inseguridades, calmar mi ansiedad o ver mañana donde no hay ayer ni hoy entre nosotros.

Y termino encontrándolas cuando recibo una sucesión de tus «me gusta» en mis publicaciones en redes sociales, así como en cada una de las frases que escribes y las letras de las canciones de amor, por ejemplo, de Édith Piaf o Ella Fitzgerald, que utilizas en las tuyas, lo que me genera un estado de euforia que se acaba nada más redescubro, en cuanto vuelvo a contactarte, que continúas sin ofrecerme ni siquiera las migajas de ti con las que a veces me conformaría.

 

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Quizá sea un rara avis en el mundo de la literatura. Porque de niño nunca soñé con ser escritor.

De hecho, hasta aproximadamente los diecisiete años no tuve especial inquietud por este arte e incluso suspendí alguna asignatura relacionada.

Si bien es cierto que, coincidiendo con la lectura de Ardor guerrero de Antonio Muñoz Molina, comencé a interesarme, antes de concluir el instituto, por las letras. Hasta tal punto que llegué a vender trabajos de comprensión lectora.

Aunque no sentiría la necesidad de hacer mis propias historias hasta que no descubrí aquel libro, Tranvía a la Malvarrosa, ambientado en una España en blanco y negro con provincianos personajes y canciones, entre otros, de Jorge Sepúlveda y Luis Mariano.

Fue entonces cuando empecé a guardar historias en mi memoria para la creación literaria. De aquellos años recupero ahora dos ideas que, dentro de la novela que estoy creando, me sirven para concebir la que mi personaje, a su vez, escribe como Agrado Perkins.

Amor con cosas da vida así a Consuelo, que está casada con Rodrigo, profesional de gran prestigio en la ciudad de València y persona con grandes convicciones católicas. Mujer de influyente familia, siente que de un tiempo a esta parte la monotonía está enfriando su relación de pareja, por lo que toma la iniciativa, aunque lleva con ello a su matrimonio a un callejón sin salida y a una comisaría de Policía.

 

ASUNTO: Nostalgia

 

Apetecible Penélope:

 

Soy aquel que apura al máximo la última recarga hasta quedarse, en medio de una importante llamada o de un crucial trayecto, sin batería en el teléfono móvil o sin combustible en el coche. Por lo que, llegados a este punto, no me sorprende que también te halles agotada de mí.

Pero, aun así, sigo extrañando nuestra nada y esperándote.

Sí. El mundo ha cambiado tanto que en el siglo XXI es Ulises quien espera a Penélope.

Con ello, a veces, en mi amortajado desespero, me animo restando los largos segundos, minutos, horas, días, semanas y meses que quedan para que se cumplan los veinte años tras los que retornarás a Ítaca. Aunque otras, me desgasto entre decepciones, enfados, negaciones y tristeza.

Tristeza que es equidistancia entre la gloria de tu beso y el abismo de mis certezas; desafío entre la cruenta guerra y el dolor crónico que me queda de este armisticio contigo; y, sobre todo, nostalgia entre la variabilidad de la expectativa y la irreversibilidad de la pérdida.

Y ya lo dice Joaquín Sabina. No hay peor nostalgia que la añoranza de lo que no ocurrió.

Pues parece mentira que, a estas alturas de la vida, no haya tomado nota de una de mis canciones favoritas.

 

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Después de nuestra última cita, es proporcional el interés que vuelvo a demostrar a Penélope con la distancia que ella amplía entre nosotros.

Regresan a través de WhatsApp mis apasionados «te quiero». Mis redundantes promesas de felicidad. Mis apenadas súplicas. Mis extensas respuestas a preguntas que no me hace. Mis cursis y simplones poemas. Y mis toscos argumentos que pretenden llevarla a que salte las objeciones que presumo que le impiden dejar a su marido para venirse conmigo. Pero también sus silencios, que son mis frustraciones, insomnios y lágrimas.

Tornando con todo ello mis emociones a la montaña rusa a la que me subo cada vez que reaparece para irse de nuevo sin hacerlo del todo.

 

ASUNTO: Duele

 

Reverenciada Penélope:

 

Tus silencios, cada vez más prolongados, son respondidos por mi parte con desproporcionados reproches y pueriles exigencias que me alejan aún más de ti.

Tampoco ayudan los impulsos que me llevan a bloquear una y otra vez tus perfiles en redes sociales para intentar cumplir mi objetivo de llegar al contacto cero contigo que me impongo al despertarme. Porque termino arrepintiéndome y convenciéndote a los pocos días de que debes dejarme volver a ellos. Y a ti.

Aunque lo cierto, seamos sinceros, es que nunca retornamos al punto de partida ni somos capaces de salir de la dinámica altamente tóxica en la que nos hemos instalado, con lo que el daño que nos afligimos nos hace ir acumulando frustración y desgaste. Ya no solo porque nuestros espacios y tiempos están desalineados.

Y en mi penúltimo intento desesperado de encontrar la fórmula mágica que me permita frenar los estímulos emocionales que me dirigen a buscar continuamente algo de ti a través de WhatsApp, modifico el nombre que tengo asociado a tu número de teléfono en la agenda del mío. De tal forma que en el mundo que hemos construido pasas a ser Duele con la estúpida pretensión de que cada vez que vaya a contactarte sea de inmediato consciente de que hacerlo me genera dolor.

Algo así como el FUMAR MATA de las cajetillas de tabaco.

Pero ni aun con esas. Sigo siendo fumador empedernido de sueños de futuro contigo.

 

31

Penélope comienza pronto a relacionarse conmigo a través de una reducida colección de impostados monosílabos. Hasta que una noche, después de un nuevo desencuentro entre nosotros, descubro que ha bloqueado mi número de teléfono y mis perfiles en redes sociales.

Aprovecho que mis emociones están en plena agitación para acabar nuestra novela. Se la remito a Mar, que me propone diferentes ajustes en la trama. Pongo el punto final. Cierro mi corrección, que es una de las tareas más aburridas, estresantes y agotadoras del proceso de creación. Empezamos a negociar los pormenores del contrato. Lanzo mi página web, a la vez que una minuciosa estrategia de generación y dinamización de contenidos en Instagram, así como la captación de correos electrónicos de potenciales lectores.

 

32

Mar me recibe en su oficina a las nueve de la mañana.

Toma la carpeta que llevo bajo el brazo y la deja en una mesa auxiliar rectangular de acero y cristal que hay junto a la librería.

Me dice que estamos solos.

Nos besamos agresivamente. Nos tocamos impúdicamente. Nos olemos con cierta animalidad.

Me pide que me desnude mientras ella comienza a hacer lo propio.

Se quita la camisa y la falda azul marino.

Se coloca a mi espalda y acaricia mi cuerpo. Aunque se detiene donde quiero que lo haga.

A la vez, sigue besándome y me susurra al oído obscenidades.

Me lleva de la mano al sillón de madera centenario que sigue estando frente al gran ventanal. Me pregunta si me acuerdo de él. Le respondo que por supuesto que sí. Que fue una de las primeras cosas en las que me fijé nada más entrar de nuevo en el despacho. Ríe.

Quizá mienta. Pero me dice que lo dejó en el mismo sitio por si algún día volvía.

Suena su teléfono móvil.

Se dirige a su bolso, lo saca e interrumpe la llamada.

Vuelve.

Sé lo que quiere.

Sin cerrar las contraventanas ni correr las cortinas, arquea el torso y pone ligeramente el pecho sobre el respaldo del sillón. Se agarra a él con los dedos a través de las aberturas que sirven para dar forma a sus dos característicos motivos florales.

Ahora soy yo quien está detrás de ella. Entro sin más preámbulos en su sexo. Me pide que me ponga a los mandos del cuerpo a cuerpo.

Cumplo órdenes.

Y justo en el momento de nuestro clímax compartido, se escucha la sirena de un camión de bomberos que circula a gran velocidad por la vía pública que hay frente a nosotros.

Nos quedamos abrazados unos minutos mientras sigo haciendo míos sus pechos y deslizo los dientes por su espalda.

Finalmente nos vestimos. Vuelve del baño maquillada y peinada. Bajamos a la cafetería que hay justo debajo de la editorial.

 

33

El local está prácticamente vacío.

Suena una canción de Franco Battiato que me traslada a una niñez con discos de vinilo, atracciones de feria y chiringuitos en la arena con olor a mar.

Pide un bourbon en vaso corto de cristal para ella y un botellín de agua con gas para mí. Con hielo y sin limón, remarca mientras busca complicidad visual conmigo.

—Tengo malas noticias —afirma.

—¿Tu marido ha descubierto nuestra relación?

—¿Nuestra relación? —Pega un trago y continúa—: Anoche se celebró la entrega del Premio Planeta. Seguro que estás al tanto.

—No. Me acosté a las nueve y media. Acumulo cansancio.

—La ganadora ha sido Carmen Mola.

—No he leído nada de ella.

—Pues debieras. En cualquier caso, lo relevante es que se ha revelado su verdadera identidad. Tres hombres. Esta circunstancia afecta de una manera sustancial a tu novela, en la que precisamente aparece también un protagonista masculino que utiliza un seudónimo de mujer para ocultar su nombre.

—¿Qué estás queriendo decir? —pregunto aturdido.

—A las tres de la mañana todavía estaba haciendo gestiones con mis socios y el representante del fondo de inversión.

—El sueco.

—Han rechazado tu novela. No podemos firmar hoy el contrato como habíamos previsto.

—Estoy alucinando. ¿Sabes por qué me pasa esto? Por confiar en tu palabra.

—Confundes los términos y, además, no estás en posición de exigir nada —responde.

Sin mediar palabra, me levanto, cojo atropelladamente mis cosas y salgo a la calle sin que Mar haga ni un solo intento para evitarlo.

 

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De vuelta a casa advierto que Carmen Mola acapara los titulares de los medios de comunicación y comprendo la verdadera dimensión del desastre colateral que una ingeniosa partida de ajedrez entre los dos grandes grupos editoriales de España me ha provocado. Máxime considerando que mi novela acaba también con la revelación pública de que tras Agrado Perkins se esconde un hombre.

Pero no me resigno, por lo que intento dar un nuevo giro a la obra que me permita retomar su edición.

Por ejemplo, pruebo a introducir la entrega del Premio Planeta de 2021 en la trama como generadora de un nuevo desenlace. A su vez, inspirándome en algunos escritores reales como Nicholas Sparks, autor de varios libros románticos que se han llevado con éxito al cine, me planteo transformar al protagonista de mi historia en un afamado novelista rosa que publica, a diferencia de lo inicialmente previsto, sin seudónimo ni ocultación de su género.

 

35

Varios días después termino asumiendo lo que ya había anticipado Mar. Mi novela ha perdido la frescura y el impacto con los que había nacido.

Efectivamente, de la noche a la mañana se ha convertido en eso que la intelectual y coleccionista de arte Gertrude Stein calificaba como inaccrochable. Es decir, una buena obra desde el punto de vista técnico, pero que no se puede colgar. Con lo que tampoco nadie la va a comprar.

Comienza a invadirme entonces la sensación de que se han echado a perder meses de dedicación, esfuerzo e ilusiones.

Aunque contrariamente a lo que hice veinticinco años atrás con mi fracasado relato adolescente, no guardo en un cajón la historia fallida y me pongo a reescribirla, convirtiendo así a su protagonista en un temeroso y enamorado aspirante a escritor, que ve como su trabajo se ha visto arruinado como consecuencia de un importante premio literario que se entrega a tres guionistas de cine, que hasta ese instante de gloria y guita decían ser una anónima profesora universitaria. No sé si morena o rubia.

 

LA CARTA MANUSCRITA

 

1                                                                       

Piensa que lo más probable es que esta carta permanezca durante décadas en algún cajón discreto.

Pero llega un momento, que espera que sea muy lejano, en el que hasta los que están cerrados con llave se abren para liberar pasados y empezar nuevas vidas.

Y será a partir de entonces cuando su contenido quizá acabe, como en las películas, en un rastro desde el que persona ajena podría tener la accidental necesidad de hacer aflorar los elementos secretos que esta epístola encierra, convirtiendo así su amor en público y eterno.

 

2

Prepara un folio blanco y escribe con estilográfica, sin interrupciones ni correcciones:

17 de noviembre de 2021

 

Hola:

 

Ni siquiera sé si merecías esta historia. Pero tenía que escribirla para volver a ti.

Por tu parte, seguro que algún día te apetecerá leerla lentamente. Te buscarás entre sus personajes y la colocarás en una estantería de casa desde la que poder avistarla. Será tu tierra firme. Yo, solo quizá, tu tesoro.

Y pasarán los años, murmurarás el padrenuestro de los arrepentidos e ignoro si, aun así, tendrás el valor de romper el muro de paja que nos separa desde aquella noche estival de copas locas en la que nos conocimos.

Me reitero. Te quiero.

Firma.

 

3

Introduce cuidadosamente el folio utilizado para redactar esta carta en un sobre acolchado de tamaño grande que ha comprado en Correos, adjuntando una copia encuadernada de La historia fallida.

Solicita su envío mediante sistema certificado.

—¿Puede ser muy urgente? —pregunta en ventanilla con su habitual tendencia a la precipitación.

 

EPÍLOGO

 

A su vuelta de la oficina postal, ya en casa, entra en su amplio despacho.

No quiere olvidarla. Pero, aunque a estas alturas no sabe si es un punto de inflexión o una huida hacia adelante, presiente que ya puede iniciar esas nuevas experiencias que aportarán texto e imagen a las siguientes páginas de su vida.

Por lo que se sienta frente al antiguo buró. Elimina todos los apuntes, fotografías y recortes utilizados, así como el archivo digital con la redacción de la crónica de amor que le ha remitido esta mañana junto a su carta, convirtiéndola así a ella, una vez que las reciba, en su exclusiva guarda. Al menos de momento.

No obstante, sin levantarse todavía de la silla abre un nuevo cuaderno. Escribe con bolígrafo de tinta azul en la primera página un nombre de mujer que cada día hace aumentar su apetencia de creación literaria: Agrado Perkins. Y anota un posible título: Amor con cosas.

 

Primera edición noviembre de 2021. Revisada.

 

Si te ha gustado Ni siquiera sé si merecías esta historia, compártela y lee Carta Muerta.

Todos los derechos reservados. Francisco Santibáñez Pérez. 2024. Políticas legales.

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